El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sin duda. No perdamos tiempo; ya lo hemos perdido bastante.

—Sí, señor, pensemos que el pobre muchacho espera, sufre y se desespera quizá.

Villefort se estremeció ante la idea del prisionero maldiciéndole en el silencio y en la oscuridad; pero ya estaba demasiado comprometido como para dar marcha atrás: Dantès debía romperse entre el engranaje de su ambición.

—Ya estoy, señor —dijo el armador sentado en el sillón de Villefort con la pluma en la mano.

Entonces Villefort dictó una solicitud en la que, con un fin excelente, no había por qué dudar, exageraba el patriotismo de Dantès y los servicios prestados a la causa bonapartista; en esa demanda, Dantès se había convertido en uno de los agentes más activos del regreso de Napoleón; era evidente que, viendo semejante pieza epistolar, el ministro debía hacer justicia en el mismo instante, si la justicia no estuviera ya hecha.

Terminada la petición, Villefort la leyó en voz alta.

—Eso es —dijo—, y ahora confíe en mí.

—¿Y la solicitud saldrá pronto, señor?

—Hoy mismo.

—Apostillada por usted.


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