El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Tanta benevolencia hubiera alejado las certezas, y Morrel ni siquiera tenÃa sospechas.
—Pero, en fin, señor de Villefort —dijo—, ¿qué consejo me darÃa usted para apresurar el regreso del pobre Dantès?
—Uno solo, señor: haga usted una petición al ministro de Justicia.
—¡Oh! Señor, ya sabemos lo que pasa con las peticiones: el ministro recibe doscientas al dÃa y no lee más de cuatro.
—Sà —repuso Villefort—, pero leerá una solicitud enviada por mÃ, apostillada por mÃ, dirigida directamente por mÃ.
—¿Y usted se encargarÃa de hacer llegar al ministro esa petición, señor?
—Con el mayor placer. Dantès podÃa haber sido culpable entonces, pero hoy es inocente, y es mi deber devolver la libertad a quien fue mi deber encerrar en prisión.
Villefort prevenÃa asà el peligro de una investigación, poco probable, pero posible, investigación que le perderÃa sin remisión.
—¿Pero cómo se escribe a un ministro?
—Póngase aquÃ, señor Morrel —dijo Villefort, cediendo su sitio al armador—; voy a dictarle.
—¿Usted serÃa tan amable?