El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—No acuse usted temerariamente, mi querido señor Morrel —respondió Villefort—; en todo hay que proceder legalmente. La orden de prisión había venido de arriba, así que la orden de libertad tiene que venir de arriba también. Ahora bien, Napoleón volvió hace quince días apenas; las órdenes de abolición apenas si habrán sido remitidas.

—Pero —preguntó Morrel—, ¿no hay un modo de apremiar las formalidades ahora que hemos triunfado? Tengo algunos amigos, alguna influencia, puedo conseguir el levantamiento del arresto.

—No ha habido arresto.

—Del asiento de encarcelamiento.

—En materia política no hay registro de encarcelamiento; a veces los gobiernos tienen interés en hacer desaparecer a un hombre sin dejar huellas de su paso: los apuntes en el registro guiarían la búsqueda.

—Eso sería así bajo los Borbones, quizá, pero ahora…

—Es así siempre, mi querido señor Morrel; los gobiernos se suceden y se parecen; la máquina penitenciaria montada en tiempos de Luis XIV funciona aún hoy, excepto en la Bastilla; el emperador ha sido siempre más estricto en el reglamento de prisiones de lo que fuera el mismo Gran Rey; y el número de encarcelados de los que no hay ningún rastro en los registros es incalculable.


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