El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Menos mal! —exclamó Morrel con su buena y abierta franqueza—. Me alegra que usted me hable asÃ, y auguro la mejor suerte para Edmond.
—Aguarde, aguarde —repuso Villefort hojeando un nuevo registro, ya lo veo: ¿es un marino, no es eso, que se casaba con una catalana? SÃ, sÃ, ¡oh!, ya recuerdo ahora: el asunto era grave.
—¿Cómo es eso?
—Usted sabe que al salir de aquà se lo llevaron a las prisiones del Palacio de Justicia.
—SÃ, ¿y bien?
—Pues bien; yo informé a ParÃs y envié los papeles que le encontramos. Era mi deber, que quiere usted…, y ocho dÃas después de su arresto el prisionero fue sacado de allÃ.
—¡Sacado de allÃ! —exclamó Morrel—. ¿Pero qué han podido hacer con el pobre muchacho?
—¡Oh! TranquilÃcese. Le habrán llevado a Fenestrelle, a Pignerol, a la isla Santa Margarita, lo que se llama extrañamiento en términos de administración; y cualquier dÃa le verá que vuelve a tomar el mando de su barco.
—Que venga cuando quiera, su puesto está a su disposición. ¿Pero cómo es que aún no ha vuelto? Me parece que las primeras atenciones de la justicia bonapartista debieron ser sacar de las cárceles a los que la justicia monárquica habÃa encarcelado.