El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Si Morrel hubiese sido un hombre más fino o más ilustrado en estos asuntos, hubiera encontrado raro que el sustituto del fiscal del rey se dignara responderle sobre materias completamente ajenas a su cometido; y se habrÃa preguntado por qué Villefort no le remitÃa al registro de encarcelamiento, a los gobernadores de prisión o al prefecto de la provincia. Pero Morrel, buscando en vano el temor en Villefort, no vio, dado que cualquier temor parecÃa ausente, no vio más que condescendencia: Villefort habÃa acertado.
—No, señor —dijo Morrel—, no me equivoco; además, conozco al pobre muchacho desde hace diez años, y está a mi servicio desde hace cuatro. Vine, ¿recuerda usted? Vine hace seis semanas, a rogarle que fuera clemente, como hoy vengo a rogarle que sea justo con el pobre muchacho; usted me recibió, incluso bastante mal, y me respondió como hombre descontento. ¡Ah! ¡Es que los monárquicos eran duros con los bonapartistas de entonces!
—Señor —respondió Villefort saliendo al quite con su presteza y su sangre frÃa acostumbradas—, yo era monárquico entonces porque veÃa a los Borbones no solamente como legÃtimos herederos del trono, sino además los elegidos por la nación; pero ese milagroso regreso del que acabamos de ser testigos me demuestra que yo me equivocaba. El genio de Napoleón ha vencido: el monarca legÃtimo es el monarca amado.