El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿El nombre de ese hombre? —preguntó—. Tenga la bondad de decirme su nombre.
—Edmond Dantès.
Evidentemente Villefort hubiera preferido soportar el fuego de su adversario a veinticinco pasos en un duelo, antes que oÃr pronunciar asÃ, ese nombre, a quemarropa; sin embargo, ni siquiera pestañeó.
«De esta manera», se dijo a sà mismo Villefort, «no se me podrá acusar de hacer del arresto de ese joven una cuestión puramente personal».
—¿Dantès? —repitió—. ¿Edmond Dantès, dice usted?
—SÃ, señor.
Villefort abrió entonces un grueso registro colocado en el casillero de al lado, recurrió a una mesa, de la mesa pasó a unas carpetas, y volviéndose hacia el armador:
—¿Está usted bien seguro de no equivocarse, señor? —le dijo de la manera más natural.