El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ, señor, yo mismo —respondió el armador.
—Acérquese, entonces —continuó el magistrado, haciendo un gesto protector con la mano—, y dÃgame a qué circunstancia debo el honor de su visita.
—¿Es que no lo sospecha, señor? —preguntó Morrel.
—No, en absoluto; lo que no impide que no esté dispuesto a complacerle, si el asunto está en mi poder.
—Está totalmente en su poder, señor —dijo Morrel.
—ExplÃquese, entonces.
—Señor —continuó el armador, recuperando su aplomo a medida que hablaba, y fortalecido además por la justicia de su causa y la franqueza de su posición—, recordará usted que, algunos dÃas antes de que se supiera el desembarco de Su Majestad el emperador, vine a reclamar su indulgencia de usted a favor de un desgraciado muchacho, un marino, segundo de a bordo de mi bricbarca; el muchacho estaba acusado, si usted recuerda, de haberse relacionado con la isla de Elba; esas relaciones, que eran un crimen en aquel momento son hoy tÃtulo de favor. Usted servÃa a Luis XVIII entonces, y no tuvo miramientos con él, señor: era su deber. Hoy usted sirve a Napoleón y debe protegerle; ahora es su deber. Vengo, pues, a preguntarle qué ha sido de él.
Villefort hizo un gran esfuerzo por controlarse.