El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Cualquier otro se hubiera apresurado a ir al encuentro del armador, y ese apresuramiento hubiera delatado su debilidad; pero Villefort era un hombre superior que tenía, si no la práctica, sí al menos el instinto de todo. Hizo hacer antecámara a Morrel como se la hubiera hecho hacer en la Restauración, aunque no hubiese nadie delante de él, pero por la simple razón de que es costumbre que un sustituto del fiscal del rey haga hacer antecámara; después, tras un cuarto de hora que empleó en leer dos o tres periódicos de matices diferentes, ordenó que el armador fuera traído a su presencia.

El señor Morrel esperaba encontrar a Villefort abatido: le encontró como le había visto seis semanas antes, es decir, tranquilo, firme y lleno de esa fría cortesía, la más infranqueable de todas las barreras que separan al hombre educado del hombre vulgar.

Había entrado en el gabinete de Villefort, convencido de que el magistrado iba a temblar al verle, y era él, por el contrario, quien se encontraba todo tembloroso y turbado ante este personaje interrogador, que le esperaba con un codo apoyado en su mesa de despacho.

Se detuvo en la puerta. Villefort le miró, como si le costara trabajo reconocerle. Finalmente, después de algunos segundos de examen y de silencio, durante los cuales el digno armador daba vueltas y vueltas al sombrero que tenía entre las manos:

—¿El señor Morrel, creo? —dijo Villefort.


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