El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Por un giro muy natural, el digno armador, a quien designamos como perteneciente al partido del pueblo, se vio a su vez en este momento, no diremos todopoderoso, pues Morrel era un hombre prudente y ligeramente tímido, como todos los que hacen una lenta y laboriosa fortuna comercial, sino en condiciones, muy sobrepasado por los celosos bonapartistas que le trataban de moderado, en condiciones —digo— de levantar la voz para que se le oyera una reclamación; esa reclamación, como fácilmente se adivina, se refería a Dantès.

Villefort se había mantenido en pie, a pesar de la caída de su superior, y su matrimonio, aún estando decidido, sin embargo fue pospuesto para tiempos más felices. Si el emperador mantenía el trono, sería otra alianza la que iba a necesitar Gérard, y su padre se encargaría de encontrarle una; si una segunda Restauración traía de nuevo a Luis XVIII a Francia, la influencia del señor de Saint-Méran crecía, así como la suya propia, y la unión se hacía más conveniente que nunca.

El sustituto del fiscal del rey era, pues, momentáneamente, el primer magistrado de Marsella cuando una mañana la puerta se abrió y le anunciaron al señor Morrel.


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