El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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La sombra que había observado Montecristo atravesó rápidamente los árboles plantados al tresbolillo detrás de la tumba de Eloísa y Abelardo, vino a colocarse con los mozos encargados de la carroza funeraria a la cabeza de los caballos que tiraban de esta, y con el mismo paso llegó al lugar de la sepultura.

Cada uno prestaba atención a una cosa.

Montecristo sólo miraba esa sombra apenas observada por los que estaban cerca.

Dos veces el conde salió de la fila para ver si las manos de ese hombre buscaban algún arma oculta entre sus ropas.

Esa sombra, cuando el cortejo se detuvo, resultó ser Morrel, que, con su levita negra abotonada hasta arriba, la frente lívida, las mejillas hundidas, el sombrero arrugado entre sus manos convulsas, se había adosado a un árbol situado sobre un montículo que dominaba el mausoleo, para no perder ni un detalle de la ceremonia fúnebre que tendría lugar.



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