El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Dónde está Morrel? —preguntó—. ¿Alguno de ustedes, señores, sabe dónde está Morrel?
—Ya nos hemos hecho esa pregunta en la casa mortuoria —dijo Château-Renaud—, pues nadie de nosotros le ha visto.
El conde guardó silencio, pero continuó mirando por todos lados.
Finalmente llegaron al cementerio.
La mirada aguda de Montecristo sondeó de una ojeada los bosquecillos de tejos y de pinos, y pronto se tranquilizó: una sombra se habÃa deslizado entre los negros arbustos, y Montecristo acababa, sin duda, de reconocer lo que buscaba.
Sabemos lo que es un entierro en esta magnÃfica necrópolis: grupos negros diseminados a lo largo de las blancas avenidas, el silencio del cielo y de la tierra, roto por el estallido de algunas ramas que se rompen, de algún seto hundido alrededor de una tumba; además, el cántico melancólico de los sacerdotes en el que se mezcla, aquà y allá, un sollozo que se escapa de un manojo de flores, junto al que se ve a alguna mujer, destrozada y con las manos juntas.