El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Y la baronesa sacó del bolso una carta abierta que mostró a Debray.

Debray, antes de leerla, dudó un instante, como si intentara adivinar el contenido, o más bien como si, contuviera lo que contuviera, hubiera tomado ya partido por adelantado.

Al cabo de algunos segundos, sus ideas se habían aclarado, pues se puso a leer.

Este es el contenido de la nota que había causado esa enorme turbación en el corazón de la señora Danglars:

Mi señora y fiel esposa:

Sin ni siquiera pensar, Debray se detuvo y miró a la baronesa, que se sonrojó hasta los ojos.

—Lea —dijo ella.

Debray continuó:

¡Cuando reciba esta carta ya no tendrá usted marido! ¡Oh! No se alarme todavía; usted ya no tendrá marido, como no tendrá hija, es decir, que estaré en una de las treinta o cuarenta vías que conducen fuera de Francia.

Le debo alguna explicación, y como usted es una mujer que comprende perfectamente las explicaciones, se la daré.

Escuche:


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