El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Amigo mío, ¿puedo contar con usted?

—Ciertamente. Y usted lo sabe bien.

»Pero, ¿qué ocurre?

»Su nota de esta mañana me dejó en una terrible perplejidad.

»Esa precipitación, ese desorden en la escritura; veamos, ¡tranquilíceme o asústeme del todo!

—Lucien, ¡ha ocurrido algo! —dijo la dama fijando una mirada interrogativa en Lucien—. El señor Danglars se ha marchado esta noche.

—¡Que se ha marchado!, ¡Danglars se ha marchado!

»¿Y adónde ha ido?

—Lo ignoro.

—¡Cómo! ¿Que lo ignora? ¿Entonces, se ha ido para no volver?

—¡Sin duda!

»A las diez de la noche sus caballos le condujeron hasta la puerta Charenton; allí, había una berlina de posta enganchada; subió a ella con su ayuda de cámara, indicando al cochero que se dirigiera a Fontainebleau.

—¿Y entonces, qué decía usted?

—Espere, amigo. Me ha dejado una carta.

—¿Una carta?

—Sí; lea.


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