El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Primero salía la desconocida, siempre envuelta en su velo, y subía a su coche, que desaparecía a veces por un extremo de la calle, y a veces por el otro; después, veinte minutos más tarde, el desconocido salía a su vez, embutido en su corbata u oculto tras su pañuelo, y desaparecía igualmente.

Al día siguiente del día en el que el conde de Montecristo llevó a cabo su visita a Danglars, el día del entierro de Valentine, el habitante misterioso llegó sobre las diez de la mañana, en lugar de llegar, como de costumbre, hacia las cuatro de la tarde.

Casi enseguida, sin respetar el intervalo ordinario, un coche de alquiler se detuvo ante la puerta, y la mujer del velo subió rápidamente las escaleras.

La puerta se abrió y se volvió a cerrar.

Pero, antes de que la puerta se cerrara, la dama exclamó:

—¡Oh, Lucien! ¡Oh, amigo mío!

De manera que el portero, que sin querer había oído la exclamación, supo entonces por primera vez que su inquilino se llamaba Lucien; pero, como era un portero modelo, se prometió no decírselo ni siquiera a su mujer.

—Y bien, ¿qué ocurre querida amiga? —preguntó este, cuyo nombre había sido revelado por la turbación o el apresuramiento de la dama del velo—. Hable, dígame.


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