El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Con esta consoladora esperanza me alejo, señora mía y muy prudente esposa, sin que mi conciencia me reproche en absoluto el abandonarla a usted; usted se queda con sus amigos, con las cenizas en cuestión y, para colmar su felicidad, con la libertad que me apresuro a devolverle.

Sin embargo, señora, ha llegado el momento de colocar en este párrafo unas palabras de explicación íntima.

Mientras confié en que usted trabajase en el bienestar de nuestra casa, en la fortuna de nuestra hija, cerré filosóficamente los ojos; pero como usted ha hecho de nuestra casa una vasta ruina, ya no quiero servir de cimientos para la fortuna ajena.

La tomé a usted rica, aunque poco honrada.

Perdone que le hable con esa franqueza; pero como probablemente sólo hablo entre nosotros, no veo porqué debo maquillar mis palabras.

Aumenté nuestra fortuna, que durante más de quince años creció constantemente, hasta el momento en el que catástrofes desconocidas, y todavía ininteligibles para mí, vinieron a tomar cuerpo y a echarla abajo, sin que, puedo decirlo, sin que fuera en absoluto culpa mía.

Usted, señora, usted solamente trabajó para acrecentar la suya, cosa que ha conseguido, estoy moralmente convencido de ello.


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