El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Así que la dejo como la encontré: rica, pero poco honrada.

Adiós.

Yo también, a partir de hoy, yo también trabajaré por mi cuenta.

Crea en mi agradecimiento por el ejemplo que me ha dado y que voy a seguir.

Su marido afectísimo,

BARÓN DANGLARS.

La baronesa seguía con la mirada a Debray en su larga y penosa lectura; y a pesar de la contención, bien conocida, que tenía sobre sí mismo, vio al joven cambiar de color una o dos veces.

Cuando terminó, plegó lentamente el papel, y tomó de nuevo una actitud pensativa.

—¿Y bien? —preguntó la señora Danglars, con una ansiedad fácil de comprender.

—¿Y bien, señora? —repitió maquinalmente Debray.

—¿Qué idea le inspira la carta?

—Es muy simple, señora; me inspira la idea de que el señor Danglars se ha ido con alguna sospecha.

—Sin duda; ¿pero, es todo lo que tiene que decirme?

—No entiendo —dijo Debray con una frialdad glacial.


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