El Conde de Montecristo

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Capítulo XIV

El preso furioso y el preso loco

Aproximadamente un año después del regreso de Luis XVIII, hubo visita del señor inspector general de Prisiones.

Dantès oyó circular y chirriar desde el fondo del calabozo todos esos preparativos, que arriba hacían un gran estruendo, pero que, abajo, hubiesen sido ruidos inapreciables para cualquier otro oído que no fuera el del prisionero, acostumbrado a escuchar, en el silencio de la noche, la araña que va tejiendo sus hilos y la periódica caída de la gota de agua que tarda una hora en formarse en el techo del calabozo.

Adivinó que ocurría algo desacostumbrado entre los vivos: vivía desde hacía tanto tiempo en una tumba, que bien podía verse como un muerto.

En efecto, el inspector visitaba, una tras otra, estancias, celdas y calabozos. Interrogó a varios prisioneros: eran aquellos cuya dulzura o estupidez se encomendaba a la benevolencia de la administración; el inspector preguntó cómo estaban alimentados y cuáles eran sus reclamaciones.

Unánimemente respondieron que la comida era detestable y que reclamaban su libertad.

El inspector preguntó entonces si no tenían nada más que decirle.


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