El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Albert recogió a toda prisa sus papeles, llamó para pagar los treinta francos que debía al gerente del hotel y, ofreciendo el brazo a su madre, bajó la escalera.

Pero alguien bajaba delante de ellos; alguien que, al oír el roce de un vestido de seda en la barandilla, se dio la vuelta.

—¡Debray! —murmuró Albert.

—¡Usted, Morcerf! —respondió el secretario del ministro parándose en el peldaño donde estaba.

La curiosidad pudo más en Debray que su deseo de mantenerse de incognito; además, ya le habían reconocido.

Era curioso, en efecto, encontrar en ese hotel ignorado al joven cuya desgraciada aventura acababa de causar un impacto tan grande en París.

—¡Morcerf! —repitió Debray.

Después, dándose cuenta en la semioscuridad de la figura, joven aún, y el velo negro de la señora de Morcerf.

—¡Oh! Perdón —añadió con una sonrisa—, le dejo, Albert.

Albert comprendió el pensamiento de Debray.

—Madre —dijo dirigiéndose a Mercedes—, es el señor Debray, secretario del ministro del Interior, un antiguo amigo.


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