El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Cómo! Antiguo —balbuceó Debray—; ¿qué quiere decir?
—Digo eso, señor Debray —repuso Albert—, porque hoy ya no tengo amigos, y no debo tenerlos. Le agradezco mucho que se haya dignado reconocerme, señor.
Debray subió los dos escalones que le separaban y vino a estrechar enérgicamente la mano a su interlocutor.
—Créame, mi querido Albert —dijo con la emoción que era capaz de sentir—, créame, siento muy profundamente la desdicha que le golpea, y me pongo a su disposición para lo que necesite.
—Gracias, señor —dijo sonriendo Albert—, pero en medio de la desgracia, somos aún lo bastante ricos como para no necesitar recurrir a nadie. Dejamos ParÃs, y una vez pagado el viaje, todavÃa nos quedan cinco mil francos.
El rubor le subió hasta la frente a Debray, que llevaba un millón en su cartera; y por muy poco poética que fuera esa mente matemática, no pudo evitar reflexionar que esa misma casa habÃa albergado hasta hacÃa un momento aún a dos mujeres: una, justamente deshonrada, se iba pobre de un millón y medio de francos bajo el pliegue de su capa, y la otra, injustamente golpeada por la desgracia, pero sublime en su desdicha, se sentÃa rica con algunas monedas.