El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Benedetto! —gritaba un inspector.
El carcelero soltó su presa.
—¿Me llaman? —dijo Andrea.
—¡Al locutorio! —dijo la voz.
—¿Lo ve? Tengo visita. ¡Ah! Mi querido señor, ¡va usted a ver si se puede tratar a un Cavalcanti como a un hombre vulgar!
Y Andrea, deslizándose en el patio como una sombra negra, pasó raudo por la puerta entreabierta de la garita, dejando en la admiración a sus colegas y al mismo carcelero.
En efecto, le llamaban al locutorio, y nadie podrÃa asombrarse más que el mismo Andrea, pues el taimado muchacho, desde su entrada en La Force, en lugar de usar el beneficio de escribir, para que lo reclamasen, como hace la gente del común, habÃa guardado el más estoico silencio.