El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Otros proponÃan la anguila; otro tipo de distracción consistente en llenar de arena, de piedras o de perras gordas, cuando las tenÃan, un pañuelo retorcido que los verdugos descargan como una plaga sobre las espaldas y la cabeza del torturado.
—¡Zurremos a este apuesto señor! —dijeron algunos—. ¡A este honrado señor!
Pero Andrea, volviéndose hacia ellos, guiñó un ojo, infló una mejilla con la lengua, y produjo un chasquido moviendo los labios que equivalÃa a mil señales de entendimiento entre los bandidos reducidos al silencio.
Era un signo masónico que le habÃa enseñado Caderousse.
Asà le reconocieron como a uno de los suyos.
Enseguida cayeron los pañuelos; el zapato herrado volvió al pie del principal verdugo. Algunas voces proclamaron que el señor tenÃa razón, que el señor podÃa ser honrado a su manera, y que los presos querÃan dar ejemplo de libertad de conciencia.
La revuelta reculó. El carcelero se quedó tan estupefacto que cogió rápidamente a Andrea por las manos y se puso a registrarle, atribuyendo a algunas manifestaciones más significativas que a la fascinación ese cambio súbito de los moradores del foso de los leones.
Andrea se dejó registrar, pero no sin protestar.
De repente, una voz resonó en la garita.