El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Le digo que con esa miserable suma —continuó Andrea— podré procurarme ropa y una celda, para que pueda recibir de una manera decente a la ilustre visita que espero de un momento a otro.

—¡Tiene razón!, ¡tiene razón! —corearon los presos—… ¡pardiez! Bien se ve que es un hombre como es debido.

—Y bien, préstenle los veinte francos ustedes —dijo el guardián apoyándose sobre su otro colosal hombro—; ¿es que no le deben eso a un camarada?

—Yo no soy el camarada de esa gente —dijo orgullosamente el joven—; no me insulte, no tiene derecho.

Los ladrones se miraron con sordos murmullos, y una tempestad que se iba levantando por la provocación del guardia, más aún que por las palabras de Andrea, comenzó a cernirse sobre el recluso aristócrata.

El carcelero, seguro de poder gritar su «quos ego»[1] cuando el oleaje fuera demasiado tumultuoso, les dejaba subir de tono poco a poco para hacer alguna jugarreta al impertinente pedigüeño y recrearse un poco durante la larga guardia de la jornada.

Algunos ladrones se iban acercando ya a Andrea; unos decían: «¡La chancleta! ¡La chancleta!».

Cruel operación que consiste en moler a golpes, no de chancleta, sino de un zapato guarnecido de hierro, a un compadre caído en desgracia de estos señores.


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