El Conde de Montecristo

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Y el objeto de esa repelente admiración parecía saborear los elogios o el vapor de los elogios, pues no oía las palabras.

Terminado su aseo, se acercó a la garita de la cantina donde había un carcelero.

—Veamos, señor —le dijo—, présteme veinte francos, pronto los recuperará; conmigo no corre ningún riesgo. Piense que tengo parientes millonarios y que usted no tiene dineros… veamos, veinte francos, se lo ruego, para que pueda coger una celda de pago y comprarme un batín de casa. Sufro horriblemente de estar siempre con traje y con botas. ¡Qué atuendo, señor, para un príncipe Cavalcanti!

El carcelero le dio la espalda y se encogió de hombros. Ni siquiera se rió de esas palabras que hubiesen hecho reír a cualquiera, pues este hombre había oído otras muchas, o más bien había oído siempre lo mismo.

—Vaya —dijo Andrea—, es usted un hombre sin entrañas, haré que pierda su puesto.

Esto último hizo que el carcelero se diera la vuelta y que esta vez se le escapase una sonora carcajada.

Entonces los reclusos se acercaron y formaron un círculo a su alrededor.


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