El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Hubiera pasado por ser un hombre elegante, gracias al corte de sus ropas, si esas ropas no estuvieran hechas jirones; sin embargo, no estaban desgastadas: el paño fino y sedoso, intacto en su cara derecha, volvÃa a tomar fácilmente su lustre bajo la mano acariciante del preso, que intentaba conseguir hacer de él un traje nuevo.
Aplicaba el mismo cuidado en cerrar una camisa de batista, que habÃa cambiado considerablemente de color desde su entrada en prisión, y también a sus botas acharoladas, a las que les pasaba una punta de un pañuelo con iniciales bordadas sobre las que figuraba una corona heráldica.
Algunos reclusos del foso de los leones consideraban con un marcado interés el refinado aseo del preso.
—¡Vaya, ahà está el prÃncipe que se pone guapo! —dijo uno de los ladrones.
—Ya es guapo por naturaleza —dijo otro—, y si solamente tuviera peine y pomada, eclipsarÃa a todos esos señores de guantes blancos.
—Su traje ha debido ser nuevo y sus botas relucen de maravilla. Es halagador para nosotros tener colegas como es debido; y esos bribones de guardias son bien viles. ¡Qué envidiosos! ¡Desgarrar un atuendo asÃ!
—Parece que es alguien famoso —dijo otro—, ha hecho de todo… y del gran mundo…, viene de allá, ¡tan joven! ¡Oh! ¡Es soberbio!