El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿En qué?
—Es ella.
—¿Quién?
—DecÃan que se habÃa marchado.
—¿La señorita Eugénie? —preguntó Château-Renaud—. ¿Es que habrá vuelto?
—No, su madre.
—¿La señora Danglars?
—¡Vamos, hombre! —dijo Château-Renaud—. Imposible; ¡diez dÃas después de la huida de su hija, tres dÃas después de la bancarrota de su marido!
Debray se sonrojó ligeramente y siguió la dirección de la mirada de Beauchamp.
—¡Vamos, hombre! —dijo—. Es una mujer cubierta con un velo, una dama desconocida, alguna princesa extranjera, la madre del prÃncipe Cavalcanti, quizá; pero, decÃa usted, o más bien iba a decir, cosas muy interesantes, Beauchamp, me parece.
—¿Yo?
—SÃ. Hablaba de la extraña muerte de Valentine.
—¡Ah! SÃ, es cierto; ¿pero, por qué la señora de Villefort no está aquÃ?