El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Pobre buena mujer! —dijo Debray—. Estará sin duda ocupada destilando agua de melisa para los hospitales, y elaborando cosméticos para ella y para sus amigas. Usted sabe que en ese entretenimiento gasta dos o tres mil escudos al año, por lo que dicen. De hecho, tiene usted razón, ¿por qué no está aquà la señora de Villefort? Me gustarÃa verla; me gusta mucho esta mujer.
—Pues yo —dijo Château-Renaud— la detesto.
—¿Por qué?
—No lo sé. ¿Por qué nos gusta alguien? ¿Por qué detestamos a alguien? Yo la detesto por antipatÃa.
—O por instinto, también.
—Quizá…, pero volvamos a lo que decÃa usted, Beauchamp.
—Y bien —repuso Beauchamp—, ¿no tienen ustedes, señores, curiosidad por saber por qué arrecia tanto la muerte en casa de Villefort?
—Arreciar…, es bonito —dijo Château-Renaud.
—Querido amigo, la palabra se encuentra ya en Saint-Simon.
—Pero la cosa se encuentra en casa del señor de Villefort; volvamos a ella, entonces.
—¡A fe mÃa! —dijo Debray—. Confieso que no pierdo de vista esa casa de luto desde hace tres meses, anteayer mismo, me hablaba la señora a propósito de Valentine.