El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿De qué señora habla…? —preguntó Château-Renaud.

—Pues de la mujer del ministro, ¡pardiez!

—¡Ah! Perdón —dijo Château-Renaud—, yo no frecuento las casas de los ministros; dejo eso para los príncipes.

—Siempre ha sido usted apuesto, barón, pero ahora está usted flamígero, tenga compasión de nosotros o va usted a hacernos arder como otro Júpiter.

—Pues ya no diré nada más —dijo Château-Renaud—; pero, ¡qué diablos!, tengan ustedes piedad de mí y no me den la réplica.

—Veamos, tratemos de llegar al final de nuestro diálogo, Beauchamp; yo les decía que la señora me pedía anteayer alguna información al respecto; instrúyanme y yo les instruiré.

—Pues bien, señores, mantengo mi palabra, si la muerte arrecia en casa de Villefort, ¡es que hay un asesino en la casa!

Los dos jóvenes se sobresaltaron, pues ya se les había ocurrido la idea más de una vez.

—¿Y quién es ese asesino? —preguntaron.

—El pequeño Édouard.

Una carcajada de los dos interlocutores no desconcertó en absoluto al orador, que continuó:

—Sí, señores, el joven Édouard, un niño que es todo un fenómeno, que mata ya como papá y mamá.


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