El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Es una broma?

—En absoluto; ayer contraté a un criado de los que salieron de casa de Villefort: escuchen esto.

—Somos todo oídos.

—Bueno, un criado al que voy a despedir mañana, porque come muchísimo, debe ser para reponerse del ayuno debido al terror que sentía allí. Pues bien, parece que ese querido niño ha echado mano de algún frasquito de droga que usa de vez en cuando contra alguien que no le gusta. Primero fueron los abuelitos Saint-Méran, que le desagradaban; les echó tres gotitas de su elixir: tres gotas bastan; después el bueno de Barrois, viejo sirviente de abuelito Noirtier, quien de vez en cuando trataba con dureza a ese encantador diablillo que ya conocen. El encantador diablillo le puso tres gotas de su elixir. Así hizo con la pobre Valentine, que no le trataba con rudeza, pero de la que se sentía celoso: le instiló tres gotas de su elixir, y para ella, como para todos los demás, todo se acabó.

—¿Pero, qué diablo de historia nos cuenta? —dijo Château-Renaud.

—Sí —dijo Beauchamp—, una historia de otro mundo, ¿no es eso?

—Es absurdo —dijo Debray.


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