El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Ah! —repuso Beauchamp—. ¡Ya veo que buscan estrategias dilatorias! ¡Qué diablos! Pregunten a mi lacayo, o más bien a quien mañana dejará de ser mi lacayo: ese era el rumor que corrÃa por la casa.
—Pero ese elixir, ¿dónde está? Y ¿qué es?
—¡Hombre! El niño lo esconde.
—¿Y de dónde lo ha sacado?
—Del laboratorio de su señora madre.
—¿Entonces su madre guarda venenos en su laboratorio?
—¡Y yo qué sé! Me hacen preguntas propias de un juez. Repito lo que me han dicho, eso es todo; les cito el autor; no puedo hacer nada más. El pobre diablo no comÃa, del espanto.
—¡Es increÃble!
—Pues no es tan increÃble, recuerden, el año pasado, aquel niño de la calle de Richelieu, que se entretenÃa matando a sus hermanos y hermanas clavándoles un alfiler en el oÃdo, mientras dormÃan. La generación que nos sigue es muy precoz, querido amigo.
—Querido —dijo Château-Renaud—, apuesto a que usted no cree ni una sola palabra de lo que acaba de contarnos… Pero, no veo al conde de Montecristo; ¿cómo es que no está aqu�