El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Está harto de todo esto —dijo Debray—, y además, no querrá aparecer ante todo el mundo, él que ha sido objeto de engaño de todos los Cavalcanti, que se le presentaron, por lo que parece, con cartas de credenciales falsas, de manera que tiene hipotecados, sobre ese principado, unos cien mil francos.
—A propósito, señor de Château-Renaud —preguntó Beauchamp—, ¿qué tal está Morrel?
—A fe mÃa —dijo el gentilhombre—, que he ido a su casa unas tres veces, y no hay manera de echarle el guante. Sin embargo, su hermana no pareció preocupada en absoluto, y me dijo con muy buena cara que no lo habÃa visto desde hacÃa dos o tres dÃas, pero que estaba segura de que se encontraba bien.
—¡Ah! ¡Ya caigo! El conde de Montecristo no puede venir a esta sala —dijo Beauchamp.
—¿Por qué?
—Porque es actor en el drama.
—¿Es que también él ha asesinado a alguien? —preguntó Debray.