El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Pasó por delante de la habitación de Noirtier y, a través de la puerta entreabierta, vio dos sombras, pero no se preocupó de la persona que acompañaba a su padre; su inquietud le llevaba a otro sitio.
«Vamos», se dijo, subiendo por la pequeña escalera que conducía al rellano donde estaban los aposentos de su mujer y la habitación vacía de Valentine; «vamos, aquí no hay ningún cambio».
Antes de nada, cerró la puerta que daba a ese rellano.
«Que nadie nos moleste», se dijo, «tengo que hablarle libremente, acusarme delante de ella, decirle todo…».
Se acercó a la puerta, puso la mano en el pomo de cristal, la puerta cedió.
—¡No está cerrada! ¡Oh! Bien, muy bien —murmuró.
Y entró en el saloncito donde por la noche vestían una cama para Édouard, pues, aunque estaba interno, Édouard volvía a casa todas las noches: su madre nunca quiso separarse de él.
Abarcó de una ojeada toda la estancia.
—Nadie —dijo—; está en su dormitorio, sin duda.
Se lanzó a la puerta. Allí, el cerrojo estaba echado. Se detuvo, temblando.
—¡Héloïse! —gritó.