El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Le pareció que movían un mueble.

—¡Héloïse! —repitió.

—¿Quién está ahí? —preguntó la voz de la interpelada.

Le pareció que su voz era más débil que de costumbre.

—¡Abra! ¡Abra la puerta! —exclamó Villefort—. ¡Soy yo!

Pero a pesar de esa orden, a pesar del tono de angustia con que la orden fue dada, no abrió.

Villefort echó la puerta abajo de una patada.

A la entrada de la habitación que daba a su vestidor, la señora de Villefort estaba en pie, pálida, con los rasgos contraídos, mirándole con unos ojos de espantosa fijeza.

—¡Héloïse!, ¡Héloïse! —dijo—. ¿Qué le ocurre? ¡Hable!

La mujer tendió una mano rígida y lívida.

—Está hecho, señor —dijo con un estertor que parecía desgarrar su garganta—; ¿qué más quiere?

Y se desplomó sobre la alfombra.

Villefort corrió hacia ella, le cogió la mano. La mano apretaba convulsivamente un frasco de cristal con tapón dorado.

La señora de Villefort estaba muerta.

Villefort, ebrio de dolor, reculó hasta el umbral de la estancia y contempló el cadáver.


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