El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—No diga eso —repuso rápidamente Montecristo—, no digan nunca eso, mis queridos amigos; los diosos nunca hacen el mal, los dioses se detienen o quieren detenerse, el azar no es más fuerte que ellos, sino que, por el contrario, los dioses dominan el azar. No, yo soy un hombre, Emmanuel, y su admiración es tan injusta que sus palabras son un sacrilegio.

Y poniendo sus labios en la mano de Julie, que se echó en sus brazos, tendió la otra mano a Emmanuel; después, se arrancó de aquella casa, dulce nido donde albergaba la felicidad, atrajo tras él, con un gesto, a Maximilien, pasivo, insensible y consternado como estaba desde la muerte de Valentine.

—¡Devuelva la alegría a mi hermano! —dijo Julie al oído de Montecristo.

Montecristo le estrechó la mano como se la había estrechado once años antes en la escalera que conducía al despacho de Morrel.

—¿Sigue confiando en Simbad el marino? —le preguntó sonriendo.

—¡Oh! Sí.

—Pues bien, repose en la paz y en la confianza del Señor.

Como hemos dicho, la silla de posta aguardaba; cuatro vigorosos caballos erizaban sus crines y pateaban el suelo con impaciencia.


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