El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Me parte el corazón con su indiferencia —dijo Julie—. ¡Oh! Maximilien, Maximilien, tú nos ocultas algo.

—¡Bah! —dijo Montecristo—. Le verán regresar alegre, sonriente y feliz.

Maximilien lanzó a Montecristo una mirada casi desdeñosa, casi irritada.

—¡Vámonos! —dijo el conde.

—Antes de que se vaya, señor conde —dijo Julie—, permítame decirle todo lo que el otro día…

—Señora —replicó el conde, cogiéndole las manos—, todo lo que me diga, no valdrá nunca más de lo que leo en sus ojos, lo que su corazón piensa, y lo que el mío siente. Como los bienhechores de novela, tendría que haber partido sin volverla a ver; pera esa virtud estaba por encima de mis fuerzas, porque soy un hombre débil y vanidoso, porque los ojos húmedos, alegres y tiernos de mis semejantes me hacen mucho bien. Ahora me voy, y llevo mi egoísmo hasta decirle: no me olviden, mis queridos amigos, pues probablemente no me volverán a ver.

—¡No volverle a ver! —exclamó Emmanuel, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por las mejillas de Julie—, ¡no volverle a ver! ¡Pero si no es un hombre, es un dios quien nos deja, y ese dios va quizás a volver a subir al cielo después de aparecer en la tierra para hacer el bien!


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