El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Cómo, adiós! —exclamó Julie—. ¿Se van a ir así, enseguida, sin preparativos, sin pasaporte?

—Esos son los retrasos que duplican la pena de la separación —dijo Montecristo—, y Maximilien, estoy seguro, ha debido ya preocuparse de todas esas cosas: yo se lo había recomendado.

—Tengo el pasaporte, y mis maletas están hechas —dijo Morrel con su monótona tranquilidad.

—Muy bien —dijo Montecristo sonriendo—, se ve la exactitud de un buen soldado.

—¿Y nos deja así, sin más —dijo Julie—, al instante mismo? ¿No nos da un día, una hora?

—Tengo el coche en la puerta, señora; tengo que estar en Roma dentro de cinco días.

—¿Pero Maximilien no va a Roma? —dijo Emmanuel.

—Voy adonde le plazca al conde que vaya —dijo Morrel con una triste sonrisa—; le pertenezco todavía por un mes.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Cómo dice eso, señor conde!

—Maximilien me acompaña —dijo el conde con su persuasiva afabilidad—, estén tranquilos respecto a su hermano.

—¡Adiós, hermana! —repitió Morrel—; ¡adiós, Emmanuel!


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