El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Pues bien, en el momento supremo, Dios se le reveló a través de un medio humano; pues Dios ya no hace milagros; quizá, en el primer momento, pues los ojos velados por las lágrimas necesitan un tiempo para abrirse del todo, no comprendió esa misericordia infinita del Señor; pero, finalmente, tuvo paciencia y aguardó. Un día, salió milagrosamente de la tumba, transfigurado, rico, poderoso, casi un dios; su primer grito fue para su padre, ¡pero su padre había muerto!

—Y yo también, yo también tengo un padre muerto —dijo Morrel.

—Sí, pero su padre murió en brazos de sus hijos, amado, feliz, honrado, rico, lleno de futuro; pero el padre del preso murió pobre, desesperado, dudando de Dios; y cuando, diez años después de su muerte, ese hijo buscó su tumba, su tumba incluso había desaparecido, y nadie pudo decirle: «Ahí descansa en el Señor el corazón que tú tanto has amado».

—¡Oh! —dijo Morrel.

—Aquel era por tanto un hijo más desgraciado que usted, Morrel, pues ni siquiera podía encontrar la tumba de su padre.

—Pero —dijo Morrel—, le quedaba la mujer a la que había amado, al menos.

—Se equivoca, Morrel; esa mujer…

—¿Había muerto? —exclamó Maximilien.


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