El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Peor que eso: ella le había sido infiel; ella se había casado con uno de los perseguidores de su prometido. ¡Ya ve, Morrel, que ese hombre era un amante más desgraciado que usted!

—¿Y a ese hombre —preguntó Morrel— Dios le ha concedido el consuelo?

—Le ha enviado la paz, al menos.

—¿Y ese hombre podrá ser feliz algún día?

—Así lo espera, Maximilien.

El joven dejó caer su cabeza sobre el pecho.

—Tiene usted mi promesa —dijo, después de un instante de silencio, y tendiendo la mano a Montecristo—; pero recuerde solamente…

—El cinco de octubre, Morrel, le espero en la isla de Montecristo. El cuatro, un yate le esperará en el puerto de Bastia; ese yate se llamará Le Eurus, usted se identificará al patrón que le conducirá junto a mí. ¿De acuerdo, Maximilien?

—De acuerdo, conde, haré lo que me dice; pero recuerde que el cinco de octubre…

—Criatura, que no conoce aún lo que significa la promesa de un hombre… Le he dicho veinte veces que ese día, si quiere usted morir, yo mismo le ayudaré, Morrel. Adiós.

—¿Me deja, entonces?


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