El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Mi querido señor —dijo el inspector—, el gobernador es rico, y gracias a Dios no necesita su dinero de usted; guárdeselo, entonces, para el dÃa que salga usted de prisión.
Los ojos del abate se dilataron; cogió la mano del inspector.
—Pero, si no salgo de prisión —dijo—, si, contra toda justicia me retienen en este calabozo, si muero aquà sin haber legado ese secreto a nadie, ¡ese tesoro se perderá! ¿No vale más que el gobierno lo aproveche, y yo también? Iré hasta los seis millones, me contentaré con el resto, si quieren devolverme la libertad.
—Palabra de honor que —dijo el inspector a media voz— si no supiera que este hombre está loco, habla con un tono tan convincente que uno pensarÃa que dice la verdad.