El Conde de Montecristo

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—Sin embargo, señor —repuso el abate—, ¿si se tratara de hacer ganar al gobierno una enorme suma, una suma de cinco millones, por ejemplo?

—¡Caramba! —dijo el inspector volviéndose a su vez hacia el gobernador—. Ha adivinado usted hasta la cifra.

—Veamos —repuso el abate, viendo que el inspector hacía un movimiento para retirarse—, no es necesario que estemos absolutamente solos; el señor gobernador podrá estar presente en la conversación.

—Mi querido señor —dijo el gobernador—, desgraciadamente sabemos por adelantado y de memoria lo que va a decirnos. Se trata de sus tesoros, ¿no es así?

Faria miró a este hombre burlón con ojos en los que un observador desinteresado, ciertamente, hubiera visto brillar el relámpago de la razón y de la verdad.

—Sin duda —dijo—; ¿de qué quieren ustedes que hable, si no es de eso?

—Señor inspector —continuó el gobernador—, puedo contarle a usted esa historia tan bien como el abate, pues desde hace cuatro o cinco años que estoy harto de oír lo mismo.

—Eso prueba, señor gobernador —dijo el abate—, que usted es como esas gentes de las que hablan las Sagradas Escrituras, «que tienen ojos y no ven, que tienen oídos y no oyen».


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