El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Eso es posible —respondió el inspector—, pero yo no he venido aquà para seguir con usted un curso de polÃtica ultramontana, sino para preguntarle, como he hecho, si tiene usted alguna reclamación que hacer sobre la manera en la que está usted alimentado y alojado.
—La comida es la misma de todas las cárceles —respondió el abate—, es decir, muy mala; en cuanto al alojamiento, ya lo ve usted, húmedo y malsano, pero al menos es bastante adecuado para un calabozo. Pero ahora ya no se trata de eso, sino de revelaciones de la mayor importancia y del más alto interés que tengo que hacer al gobierno.
—Ya estamos —dijo en voz baja el gobernador al inspector.
—Por eso estoy encantado de verle —continuó el abate—, aunque me haya usted interrumpido en un cálculo muy importante y que, si me sale bien, cambiará quizá el sistema de Newton. ¿PodrÃa usted concederme el favor de una conversación en privado?
—¡Eh! ¡Qué le decÃa yo! —dijo el gobernador al inspector.
—Conoce usted bien a su gente —respondió este último sonriendo.
Después, dirigiéndose a Faria:
—Señor —dijo—, lo que usted pide es imposible.