El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Mire —dijo en voz baja el gobernador—, ¿es que esto no empieza como se lo habÃa anunciado yo?
—Señor —continuó el preso—, soy el abate Faria, nacido en Roma, he sido veinte años secretario del cardenal Rospigliosi; fui arrestado, no sé muy bien por qué, al principio del año 1811, desde entonces reclamo la libertad a las autoridades italianas y francesas.
—¿Por qué a las autoridades francesas? —preguntó el gobernador.
—Porque fui arrestado en Piombino, y presumo que, como Milán y Florencia, Piombino se habrá convertido en la capital de alguna provincia francesa.
El inspector y el gobernador se miraron riéndose.
—Diablos, querido amigo —dijo el inspector—, sus noticias de Italia no son recientes.
—Datan del dÃa de mi detención, señor —dijo el abate Faria—; y como Su Majestad el emperador habÃa creado el reino de Roma para el hijo que el cielo acababa de enviarle, presumo que, siguiendo el curso de sus conquistas, cumplió el sueño de Maquiavelo y de Cesar Borgia, que era hacer de toda Italia un solo y único reino.
—Señor —dijo el inspector—, la Providencia felizmente ha aportado algún cambio a ese gigantesco plan, del que usted me parece un ferviente partidario.
—Es el único modo de hacer de Italia un estado fuerte, independiente y feliz —respondió el abate.