El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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En medio de la habitación, en un círculo trazado sobre la tierra con un trozo de yeso desconchado de la pared, estaba medio tumbado un hombre casi desnudo, de tan harapienta como tenía la ropa. En ese círculo dibujaba unas líneas geométricas muy nítidas, y parecía tan ocupado en resolver un problema como lo estaba cuando Arquímedes le mató un soldado de Marcelo. Así que ni siquiera se movió al oír el ruido que hizo la puerta del calabozo al abrirse, y pareció no despertarse hasta que la luz de las antorchas alumbró con un resplandor desacostumbrado el húmedo suelo sobre el que estaba trabajando. Entonces se dio la vuelta y vio con asombro la numerosa compañía que acababa de invadir su calabozo.

Enseguida se levantó con viveza, cogió una manta que tenía a los pies de su miserable lecho y se cubrió precipitadamente para presentarse en un estado más decente a la mirada de los extraños.

—¿Qué pide usted? —dijo el inspector sin variar su fórmula.

—¡Yo, señor! —dijo asombrado el abate—; yo no pido nada.

—Usted no entiende —repuso el inspector—; soy un agente del gobierno, tengo la misión de venir a las cárceles y escuchar las reclamaciones de los presos.

—¡Oh! Entonces, señor, eso es otra cosa —exclamó con viveza el abate—, y espero que nos entendamos.


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