El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La carta de Luigi Vampa
A todo sueño, que no sea el sueño que temía Danglars, le sigue un despertar.
Danglars se despertó.
Para un parisino habituado a las cortinas de seda, a las paredes aterciopeladas, al perfume que sube de la madera enjalbegada de la chimenea y que baja de las bóvedas de satén, el despertar en una gruta de piedra gredosa debe ser como una pesadilla.
Al tocar esas mantas de piel de chivo, Danglars debió creer que soñaba con los aborígenes de Samoa o con los lapones.
Pero, en tales circunstancias, un segundo basta para cambiar la duda por la más robusta de las certezas.
—Sí, sí —murmuró—, estoy en manos de los bandidos de los que nos habló Albert de Morcerf.
Su primer movimiento fue respirar, a fin de asegurarse de que no estaba herido: era un medio que había encontrado en don Quijote, el único libro, no que hubiera leído, sino el único libro del que hubiera retenido algo.
«No», se dijo, «no me han matado, ni herido, pero quizá me han robado».