El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Había observado que unos rayos de luz, no de la luz del día, sino de una lámpara, se filtraban a través de las maderas mal unidas de las puertas; se acercó a una de esas ranuras en el momento justo en el que el bandido bebía algunos tragos de aguardiente, los cuales, gracias al odre de cuero que contenía el aguardiente, despedían un olor que asqueó mucho a Danglars.
—¡Puaj! —hizo, reculando hasta el fondo de la celda.
A mediodía, el hombre del aguardiente fue reemplazado por otro faccioso. Danglars sintió la curiosidad de ver a su nuevo guardián; se acercó de nuevo a las abiertas junturas de la puerta.
Este era un bandido atlético, un goliat de ojos enormes, labios gruesos y nariz aplastada; su cabellera pelirroja le caía por los hombros en mechas retorcidas como culebras.
—¡Oh!, ¡oh! —dijo Danglars—. Este se parece más a un ogro que a una criatura humana; en todo caso, yo soy viejo y bastante duro de pelar; «blanco gordo no bueno para comer».
Como se ve, Danglars tenía aún la mente lo suficientemente despierta como para bromear.
Al mismo instante, como para darle la prueba de que no era un ogro, su guardián se sentó enfrente de la puerta de la celda, sacó de su zurrón pan negro, cebollas y queso, y se puso de inmediato a devorar todo.