El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Que me lleven todos los diablos! —dijo Danglars, echando a través de las rendijas de la puerta una ojeada a la comida del bandido—. ¡Que me lleven todos los diablos si comprendo cómo se puede comer semejante basura!

Y fue a sentarse sobre las consabidas pieles de chivo que le recordaban el olor del aguardiente del primer centinela.

Pero Danglars, por más que hiciera, y los secretos de la naturaleza son incomprensibles, hay mucha elocuencia en ciertas invitaciones materiales que las más groseras sustancias dirigen al estómago en ayunas.

Danglars sintió de repente que el suyo no tenía fondo en ese momento; vio al hombre menos feo, el pan menos negro, el queso más fresco.

En fin, esas cebollas crudas, horrible alimento del salvaje, le recordaron ciertas salsas Robert y ciertos guisos que su cocinero ejecutaba de una manera superior cuando Danglars le decía: «Señor Deniseau, hágame para hoy un buen platito de algo casero».

Se levantó y fue a llamar a la puerta.

El bandolero levantó la cabeza.

Danglars vio que le había oído y volvió a llamar.

—Che cosa? —preguntó el bandido.


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