El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Vamos, vamos! Amigo —dijo Danglars repicando con los dedos en la puerta—, ¡me parece que va siendo hora de que piensen un poco en alimentarme a mí también!

Pero, fuera porque no entendió, fuera porque no tenía órdenes en relación con la comida de Danglars, el gigante se puso de nuevo a comer.

Danglars sintió su orgullo herido, y no queriendo emprenderla más con ese bruto, se volvió a acostar sobre sus pieles de chivo y no dijo ni una sola palabra.

Así transcurrieron cuatro horas; al gigante le sustituyó otro bandido. Danglars, que sentía espantosos retortijones de estómago, se levantó despacio, aplicó de nuevo el oído a las rendijas de la puerta y reconoció el rostro inteligente de su guía.

Era, en efecto, Peppino que se preparaba a montar la guardia lo más dulcemente posible, sentándose enfrente de la puerta y colocándose entre las piernas una cacerola de barro que contenía, calentitos y aromáticos, unos garbanzos guisados con tocino.

Junto a los garbanzos, Peppino colocó además un buen cestito de uvas de Velletri y una garrafa de vino de Orvieto.

Decididamente, Peppino era un gourmet.

Viendo esos preparativos gastronómicos, a Danglars se le hizo la boca agua.


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