El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Ah!, ¡ah! —dijo el prisionero—. Veamos un poco a ver si este es más tratable que el otro.

Y llamó cortésmente a la puerta.

—¡Ya va! —dijo el bandido en francés, pues frecuentando la casa de maese Pastrini había aprendido la lengua, incluso hasta en sus frases idiomáticas.

En efecto, vino a abrir.

Danglars vio que era el mismo que le había gritado tan furiosamente: «¡Meta la cabeza!»; pero no era el momento de recriminaciones. Al contrario, puso su expresión más agradable y, con una gentil sonrisa:

—Perdón, señor —dijo—, ¿pero, es que no me van a dar de comer hoy?

—¡Cómo es eso! —exclamó Peppino—. ¿Es que Su Excelencia tiene hambre, por casualidad?

—¿Por casualidad? Es encantador —murmuró Danglars—; hace justo veinticuatro horas que no como nada. Pues sí, señor —añadió alzando la voz—, tengo hambre, e incluso, mucha hambre.

—¿Y Su Excelencia quiere comer?

—Al instante mismo, si es posible.

—Nada más fácil —dijo Peppino—; aquí procuramos todo lo que se desee, pagando, por supuesto, como en casa de todo buen cristiano.


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