El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Desde entonces, la vida del desgraciado prisionero fue una divagación perpetua. Había sufrido tanto que no quería exponerse a sufrir más, y soportaba todas las exigencias; al cabo de doce días, una tarde en la que había comido como en sus mejores días de gran fortuna, hizo cuentas y observó que había firmado tantos bonos al portador que ya no le quedaban más que cincuenta mil francos.
Entonces se produjo en él una reacción extraña: él, que acababa de abandonar cinco millones, intentó salvar los cincuenta mil francos que le quedaban; antes que entregar esos cincuenta mil francos, resolvió volver a una vida de privaciones; tuvo destellos de esperanza que tocaban la locura; él, que desde hacía tanto tiempo había olvidado a Dios, pensó en Él para decirse que Dios a veces hace milagros; que la caverna podría derrumbarse; que los carabineros del Pontífice podrían descubrir esa guarida maldita y venir en su ayuda; que entonces le quedarían cincuenta mil francos; que cincuenta mil francos era una suma suficiente para impedir que un hombre muriera de hambre; rogó a Dios que le conservase esos cincuenta mil francos, y según rezaba, lloraba.