El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Así pasaron tres días, durante los cuales el nombre de Dios estuvo constantemente, si no en su corazón, sí al menos en sus labios; a intervalos tenía instantes de delirio, durante los cuales creía ver, a través de las ventanas, un grabado que describía una pobre habitación con un anciano agonizando.

Ese anciano, él también, moría de hambre.

Al cuarto día ya no era un hombre, era un cadáver viviente; había recogido del suelo hasta las últimas migajas de sus antiguas comidas y había comenzado a devorar la estera que cubría el pavimento.

Entonces suplicó a Peppino, como se suplica a un ángel de la guarda, para que le diera algo de comer; le ofreció mil francos por un bocado de pan.

Peppino no respondió.

Al quinto día, se arrastró hasta la entrada de la celda.

—¿Pero es que usted no es cristiano? —dijo, incorporándose sobre las rodillas—. ¿Quiere asesinar a un hombre que es su hermano ante Dios? ¡Oh! ¡Mis amigos de antes, mis amigos de antes! —murmuró.

Y cayó con la cara pegada al suelo.

Después, levantándose con una especie de desesperación:

—¡El jefe! —gritó—. ¡El jefe!

—¡Aquí estoy! —dijo Vampa, apareciendo de repente—. ¿Qué desea ahora?


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