El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Coja mi último oro —balbuceó Danglars ofreciéndole su cartera—, y déjeme vivir aquÃ, en esta caverna; ya no pido la libertad, sólo pido vivir.
—¿Entonces, sufre mucho? —preguntó Vampa.
—¡Oh! SÃ, sufro, y ¡cruelmente!
—Sin embargo, hay hombres que han sufrido aún más que usted.
—No lo creo.
—¡Claro que sÃ! Los que han muerto de hambre.
Danglars pensó en ese anciano que, en sus horas de alucinación, veÃa a través de las ventanas de su pobre habitación gemir en su cama.
Golpeó el suelo con la frente emitiendo gemidos.
—SÃ, es cierto, los hay que han sufrido aún más que yo, pero, al menos, esos eran mártires.
—¿Se arrepiente usted, al menos? —dijo una voz sombrÃa y solemne, que le puso los pelos de punta a Danglars.
Su debilitada mirada intentó distinguir los objetos, y vio detrás del bandido a un hombre envuelto en una capa y perdido a la sombra de una pilastra de piedra.
—¿De qué tengo que arrepentirme? —balbuceó Danglars.
—Del mal que usted ha hecho —dijo la misma voz.
—¡Oh! ¡SÃ, me arrepiento! —exclamó Danglars.